El debate en torno a las ciudades en las que vivimos y queremos vivir está al rojo. La polémica a raíz de los guetos verticales en Estación Central ha puesto en el centro de la discusión el problema de la planificación urbana: ésta sólo parece tener vigencia en algunas comunas o regiones del país. Como terció recientemente Borja Huidobro los espacios urbanos están mal y no se planifican. El problema de las torres colosales que se erigen en esta comuna es tridimensional. Por una parte, hay una dimensión estética, y es que están condenadas a ser monumentos a la fealdad y mezquindad. Asimismo tiene una dimensión social. La construcción de viviendas no sólo responde a criterios estéticos: son espacios en los cuales habitan personas y que -al menos en teoría- deben contribuir a la calidad de vida de las personas y dignificarlas. ¿Qué calidad de vida y dignidad puede haber en espacios diminutos en los que la privacidad, el silencio y la luz natural brillan por su escasez? Por último, hay una dimensión comunitaria e histórica. Los edificios construidos en Estación Central destruyen el sentido de conjunto arquitectónico-urbano de la comuna y avasallan barrios consolidados. Sin ser una joya arquitectónico-patrimonial las casas de fachada continua así como otros edificios de Estación Central no difieren mucho del estilo de Barrio Italia y puestas en valor, así como insertas en una planificación urbana de calidad, tienen un buen potencial.

El remezón del “gueto vertical” llegó en buena hora, pues visibiliza una problemática urbana y social, que no podía seguir quedando a discreción del buen o mal criterio de las inmobiliarias. La advertencia de Estación Central obliga a descentralizar la vista y a fijarnos en el estado de nuestras urbes en otras regiones del país. Cuando en la Región de Valparaíso y específicamente en su capital regional -sector Santos Ossa y en varios cerros- observamos una densificación en altura limítrofe con la patología de Estación Central, parece que la crítica también debe realizarse en regiones. Con todo, hay proyectos comunales en la región de Valparaíso que a través de procesos de intervención y recuperación pondrán a disposición de la ciudadanía nuevos espacios públicos de calidad. Por una parte destaca la compra y conversión de la antigua planta Carozzi en el nuevo centro cívico de Quilpué, un patrimonio histórico-industrial que corría el riesgo de caer en el deterioro total. Asimismo en Limache se firmó hace poco tiempo el convenio que permitirá la recuperación de la casona Eastman para convertirla en un centro cultural. Iniciativas como estas no debieran quedar relegadas a esfuerzos puntuales, sino que deberían ser puntales de planificaciones urbanas globales que propendan a una mejora de los espacios públicos para los habitantes así como a la recuperación de la sustancia patrimonial que aún queda en el interior del Gran Valparaíso. Quilpué, Villa Alemana y Limache aún conservan un rico patrimonio histórico-arquitectónico escasamente valorado y visibilizado. Especialmente Quilpué y Villa Alemana, en apariencia ciudades anodinas, podrían forjar así una identidad urbana que hasta ahora apenas tienen. Es el deber de los gobiernos comunales –en conjunto con el gobierno regional y la alianza público-privada- de hacerse cargo de este potencial, de proteger los cascos patrimoniales de las tres comunas y de promover su puesta en valor. Antes que sea demasiado tarde y que aparezcan ahí las torres de Estación Central.

Por Tomás Villarroel
Investigador de Fundación P!ensa

Historiador, magister en Historia de la Universidad de Chile, doctor en Historia Contemporánea en Universidad de Würzburg, Alemania, profesor de la Universidad Adolfo Ibáñez.

http://www.fundacionpiensa.cl

Fuente: plataformaurbana.cl